25 oct. 2016

dedicado a todos los niños que se creen buenos *risa* poetas, porque me dan flojera

Tus tenis sucios, las gafas de pasta y tu cabello de niño emo (o justin bieber) no impresionan a nadie, así como no impresiona tu poesía pseudo beatnik o como la quieras llamar, la verdad es que son versos básicos e ideas fofas que debiste haber olvidado a los dieciséis años. No me importa si te emborrachas los fines de semana, si lo haces por mi o por cualquier otra, la verdad lo que sí me impresiona es que creas todo lo que dices y todo lo que escribes, porque mis ojos son el aeropuerto de tus sueños y mis labios el fuego que te ha dejado moretones en el cuello como si se tratasen de ventanas olvidadas en tu navegador, y mis caricias invisibles por las noches cuando yo no estoy ahí son lo único que acompañan a tu insomnio…¿Ves que fácil? estoy igual que tu, diciendo estupideces. Poniendo puntos donde no deben ir, escribiendo las comas en su lugar, porque ya no estamos para esos jueguitos de palabras, ni tanta anáfora, ni tanto hipérbaton, ni tanto oxímoron, ni tanta hueva básica: que si me muerdes los labios, o extrañas mis caderas, o esa cerveza sabe a mi o cualquiera de tus jaladas… A mi me han escrito muchas veces, si me quieres inmortalizar no lo hagas vía instagram pensando que inventas el hilo negro sólo porque alguna estilización se te da medianamente bien, ni me digas cosas como “Tienes permitido irte. Tienes permitido irte de mi historia, de cualquiera, de donde no te sientas tuya”. Para empezar yo ni siquiera pido permiso, me enoja y me da flojera, y además, si te besé una vez, es porque la borracha era yo, porque estaba triste seguramente, porque extrañaba a ese niño que me llevó de la mano por Londres y París, y tú, escribiendo sobre la tragedia nacional ¿En serio crees que con eso yo me voy a fijar en ti? a mi desde chiquita me bajaron la luna y las estrellas, una poesía fácil no es ni el primer paso para que yo voltee a mirarte. Tú no eres ni serás el intelectual con el que me doy cuenta de lo vacía que ha estado mi vida y lo vácuas de todas mis relaciones, tú eres el que vive en una zona de la ciudad a la que nunca he ido y dice que las bolsas que tengo guardadas en mi clóset son obscenas cuando hay niños en áfrica muriéndose de hambre porque no puedes pagarlas. Y ya deja de fingir que estás triste todo el tiempo, a mi me gustan los que me invitan a Edimburgo el fin de semana y con los que corro bajo la lluvia en sus callecitas empedradas mientras buscamos un café en el que resguardarnos y comer macarons, porque yo me puedo dar el lujo de tener esas historias de amor tan perfectas y que todas quieren, deberías saberlo, yo no me tengo que conformar con un triste que piensa que habla bonito, yo de niña tenía 14 pares de zapatos de charol y abrigos de cachemira, a mi la desdicha barata se me hace aburrida, a mi me gustan los anillos de Tiffany y las luces brillantes a orillas de ese río en Dublín, muy lejos de alguien como tú. No es por ser grosera, es que tu poesía es realmente mala y mira, saca lo peor de mi.

Claro que no te quiero, ni me gustas ni te acepto una cena, porque quién sabe a donde me quieras llevar o en qué carro; si no es en Les Airelles, no. Y cambiate esas gafas que no van con el lugar.

Ton forme d’aimer est très démodé, allez s’il te plaît...

17 oct. 2016

Las margaritas mueren después 3

Lloré tanto aquella noche, la noche en que Nicolás tomó las maletas y se fue.
Eran las seis de la tarde y un café a medio terminar estaba suspendido en la mesita que él y yo habíamos comprado en IKEA dos veranos atrás. Una mesita llena de sueños y fiebre de primavera. A las seis con siete Nicolás se levantó de la mesa.
— Ya no puedo más, Daira. Ya no puedo.
Yo tenía los ojos rojos y un cigarrillo entre los dedos. Tenía veintiocho años pero sentía que había envejecido hasta los cuarenta.
Pensé en mi madre. Cuando el hombre de mi vida partía de esta, pensé en ella.
Ella se había casado a los veintidós y a mi edad ya tenía una familia: dos hijos y un marido, mientras que yo era un desastre que aún pagaba rentas y se emborrachaba como adolescente los fines de semana. 
Cuando mi padre no estaba, por su trabajo en la industria petrolera, a mi madre le gustaba alardear de cuantos pretendientes había tenido en su incipiente juventud. Y digo incipiente porque a mi modo de ver las cosas, los veintidós años eran apenas el principio de esta, a lo cual ella decidió terminar con eso del matrimonio. A mis hermanos y a mi nos mostraba sus fotos de juventud, con pantalones hasta la cintura y cuellos de tortuga. Aparecía en un jardín riendo con una chica a la que llamaba su mejor amiga. “Muchos chicos me rogaban, siempre había un muchacho llorando detrás de mi”, decía con orgullo. Yo, a esa misma edad, y ciertamente desde mucho años atrás, jamás entendí que satisfacción había en saber que eras la causa de sufrimiento de otro.
“No es que no quiera a tu padre, claro que lo quiero muchísimo” decía haciendo un mohín raro con su nariz respingadísima por las cirugías que se practicó simplemente porque se había aburrido de mirarse siempre igual frente al espejo. “Claro que le quiero, es sólo que… esos amores de las novelas, en donde la gente se desvive por otro...pues, yo la verdad es que nunca lo experimenté...Siempre me quise más a mi misma y que me rompieran el corazón, se me hizo impensable y tan tonto...”
A mi edad mi madre ya se había aburrido de su cara. A mi me angustiaba que mis veintes acabarían pronto y debería “sentar cabeza”, dejar de tomar ginger ale y postergar la pila de ropa sucia hasta lo imperdonable. Pero en aquél entonces, incluso antes de perder a Nicolás, aquello me parecía imposible.
Ya me había acostumbrado al desenfreno y la locura de mis días de estudiante universitaria, cuando el mundo había sido mío sin ningún esfuerzo, a pesar de llevar siempre cierta melancolía sobre mis hombros… melancolía por una pérdida anticipada, porque inevitablemente sabía que esos días no durarían eternamente, y eran demasiado buenos para dejarlos ir. Días en donde todos parecían vivir para mí y por mí, en donde con una sonrisa lograba que me dieran todo lo que yo quisiera y las noches eran brillantes y sabían a champaña rosa. 


Yo no quería que ese sueño se apagase, quería que durara tanto como fuese posible. Quería seguir estando en primera fila en los conciertos y sentir que a la luna le daban celos cuanto brillaban las lentejuelas de mis vestidos. Pensaba en la idiotez de la gente, que dice que uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Claro que yo sabía lo que tenía: yo lo tenía todo, y aún podía tener más, siempre, si así lo deseaba, podía tener más.
Tan sólo Nicolás era muestra de eso: me amaba con furor, siempre estaba dispuesto a dejarlo todo por verme feliz y yo pensé que mis encantos bastarían para tenerlo en ese estado catatónico de amor para siempre.
Nicolás se había enamorado de mi tan sólo en dos semanas, lo supe desde que noté como me miraba. Yo sólo debía usar un vestido bonito y decir alguna cosa medio ingeniosa que hiciera reír a todos en el salón y su fiebre aumentaba. Realmente fue sencillo tenerlo a él como a todos los demás. A mi corazón le halagó su forma de ser: él era bien parecido y bastante reservado, tímido pero a la vez seductor: me invitaba a tomar vino y me hablaba de las cosas de la vida que nadie notaba y que a él le fascinaban. Se sonrojaba si yo me acercaba mucho, con los hombros descubiertos y maquillaje en la cara, hasta que poco a poco dejó de importarle y me rodeaba con sus brazos tan cálidos y deseosos de tenerme para ellos. No es que me sintiese atrapada, si no más bien, protegida y sobre todo, querida. 
El deseo se volvió en amor sin que nos diéramos cuenta. Un amor apresurado y cegado por los ímpetus de nuestra juventud y la promesa de futuros brillantes: ambos habíamos sido excelentes estudiantes, estudiado en el extranjero en prestigiosos institutos, de familias ricas y tradicionales hasta lo enfermo, por lo que un amor que parecía romper las reglas --aunque fuese sólo en la superficie-- nos hizo pensar que nunca nadie en el mundo había tenido tanta suerte como nosotros. Y en sí, nos amamos sin reproches ni explicaciones.
Nos enamoramos mucho y por inercia. Teníamos veinticuatro años. Yo aún vivía en la ciudad y no quería volver a Miraflores. Pasaba las tardes leyendo a Sartre mientras me aburría en las oficinas del gobierno, en donde llegaban quejas que nadie atendía y voces que nadie oía. 
Los becarios eran los que generalmente hacían todo, pero a mi esas ganas juveniles ya se me había pasado un poco. Bebía café y leía En busca del tiempo perdido mientras mi asistente hacía todo lo que le pedía.
Nicolás trabajaba en la Comisión Nacional de Ciencia y Tecnología, en el área de investigación. Había estudiado biología y trabaja en una patente para sacar energía renovable y sustentable a través de las plantas.
Después del trabajo salíamos a bailar o a cenar, o caminábamos sin rumbo, abrazados y contandonos todo lo que jamás le habíamos dicho a nadie, porque creíamos que eso era lo único que se necesitaba para amar a una persona.
Después de un año decidimos vivir juntos y rentamos el departamento que aquella noche se disponía a dejar.
Nuestra discusión parecía una novela de Arthur Miller. “Claro que no me gusta” me dijo alguna vez “Es otro tipo lamentándose del sueño americano, el cual nunca existió, lo que a mi, me aburre mucho… pero bueno.. si a ti te gusta” Me fascinaba que sabía de todo y que siempre me miraba con unos ojos embelesados por mis gracias: que si hablaba danés, que si leía a Miller o a Woolf, que si ahora me desvelaba más porque me habían promovido al área de innovación tecnológica de la Secretaría Ambiental, que si no me daba miedo ser como era, algo (o muy) histriónica y muy afecta a tomarme más copas de las socialmente permitidas para una mujer como yo, lo cual a mi, me tuvo siempre sin cuidado … y a la vez, miraba como en sus ojos se impregnaba la necesidad que yo emanaba de que alguien me protegiese y me cuidase, y de cuánto necesitaba alguien que alcanzara la parte alta de la alacena, y alguien que abriese los frascos de mermelada por mí, y como aquello le hacía realmente feliz. 
Aunque ahora distábamos mucho de aquellas noches en las que caminábamos riendo por las callejuelas mojadas, tomados de las manos y mirándonos a los ojos. 
Eso dejó de contar, y quienes realmente éramos pesaba mucho más que entonces. 
En ese piso estábamos Nicolás y yo. Dos niños — porque ahora así es como nos veo, como dos niños asustados — que eran un desastre y que se estaban lastimando por quién había tomado el muñeco del otro o hecho trampa en el juego. Por absurdo que fuese, eso había sido suficiente para volvernos locos, para pelear como gatos bocarriba y destruir los castillos de papel que creíamos durarían para siempre.
— Lamento que esto acabe así.--dijo, con la ecuanimidad que siempre tuvo ante la vida.
Las lágrimas brotaron de mis ojos, inconsolables.
El cielo iba tiñéndose de azules más oscuros, el zumbido de algunas moscas en la cocina era casi imperceptible, pero ellas eran las únicas testigos de aquel desgarramiento en el universo. Qué pequeños que éramos.
— ¿Por qué? — dije con un hilo de voz, entrecortada.
Intenté mirarlos, pero dolía demasiado. Mis ojos de nuevo se humedecieron y él evitó mirarme.
— Esto hace tiempo que se acabó, Daira. Yo no puedo seguir engañándote, ni engañándome. Esto es demasiado para mi, no puedo fingir que todo está bien…
— Cállate. — dije de repente, tajante. — Cállate. Si de un día para otro me dejaste de amar…
— No… — interrumpió y se acercó a mi. Puso su rostro entre mi cabello, como lo hacía cuando buscaba consuelo y mis brazos parecían su hogar. Me intentó besar pero la rabia me hizo apartarlo de mi con un empujón, lo bastante fuerte para que perdiera el equilibrio.
— Te lo di todo como puede, Nicolás. Te quise... pero siento que quieres que sea algo que no soy, y no puedo...— jamás en mi vida sentí tantos deseos de partirle a alguien la cabeza, como en esa ocasión. Me lancé sobre el sin pensarlo y lo golpee con el puño.
Le partí su delicada nariz y comenzó a sangrar, pero a mí apenas me alivió aquello. Yo estaba fuera de mi
— ¡Tú eres la que destruyó esto! — me contestó lanzando una figurilla que habíamos comprado en Valle de Bravo, un fin de semana perfecto e ideal, lejano a la escena que representábamos aquella tarde.
— ¡Eres un pendejo! -- dije cuando vi que lanzaba ese muñeco contra mi, aunque no se había ni acerado a donde yo estaba -- ¿Acaso me quieres matar? 
Jamás había deseado con tanta locura que aquel momento se detuviese y poder arreglarlo todo. Quería aferrarme a él y obligarle a que se quedara, hasta que se le olvidara todo lo malo y de nuevo me volviese a amar. Pero no podía, había un peso en mis hombros mucho mayor que mis deseos, y no podía contenerlo.
Sí soy sincera, casi no recuerdo lo malo, como pasa cuando amas a alguien. Casi no recuerdo los gritos, ni las peleas. Incluso esa tarde, la tarde en que se marchó, está borrosa y no he pensado mucho en ella. Jamás pienso en ella. Si pienso en algo, es en como sostenía mi cadera mientras bailábamos, él y yo, solos en la cocina con una canción de The Smiths de fondo. Pienso en los besos que le daba a mis pies cuando mirábamos una película, como acariciaba mi cabello cuando nos quedábamos dormidos platicando de lo que pensábamos sobre el universo, y las vidas pasada y si ya entonces nos conocíamos. Recuerdo los desayunos casuales de cereal y leche mirando T.V. y el entresemana, llenos de cotidianidad gris y tazas de café, que se veían maravillosas por su presencia y sus sonrisas.
Su cabello rizado, sus ojos verdes, la seguridad con las que sus manos me tomaban cuando quería amarme más, el “Sí, amor” y que los dos creímos que eso se iba a quedar así para siempre.
Pero ahora en el piso había una figurilla rota, y una nariz con sangre y una taza de café frío. Y la tarde ya era casi noche.
— ¡No te vayas Nicolás! — le dije tomándolo por la espalda y llorando, dejando mis lágrimas en su camisa blanca. 
Había sido un miércoles. No sé porqué ni como sí recuerdo eso, cuando jamás lo marque en el calendario y siempre quise olvidarlo.
Todas nuestras vidas dependían de un sólo momento.
— No te vayas… — balbuceé, llorando. 
Tan solo una semana atrás, me había prometido que todo estaría bien, me había besado como un adolescente enamorado por primera vez y me había hecho sentir que podríamos superar lo que fuese necesario. Pero en ese instante, simplemente se volteo y me dio un beso en la frente. 
Las noches sin dormir, la música, los roadtrips, los días que no salíamos de la cama, todo se perdió en un instante.
Se marchó sin más, me dejó la renta de aquél mes en un sobre y se llevó dos maletas con su ropa y objetos personales.
De repente la cama estaba vacía y fría, la mitad del closet deshabitado, a los estantes le faltaban libros y las monedas que siempre dejaba regadas por los muebles ya no estaban. Todo se sentía tan mortalmente solitario, y aquella fue la noche más oscura que pasé, incluso cuando llegaron otros amantes que también se marcharon e incluso cuando una noche todos mis arrepentimientos decidieron aplastarme.
Yo lloraba en silencio cuando abrió la puerta...aún estaba ahí, aún era parte de mi, pero estaba por ponerle punto final a todo aquello.
“Gracias por todo, Daira”. fue lo que me dijo cuando echó un ultimo vistazo a aquello que habíamos llamado hogar. Cerró la puerta, escuchó como puso el seguro y sus pasos se alejaron. 
Con los años también me di cuenta de cuánto le dolió aquello, y cuánto se arrepintió después, y tal vez toda su vida (como yo). Porque aunque aquello no iba a funcionar más y terminar realmente había sido lo mejor para ambos, jamás nos volvimos a sentir así: jóvenes, ingenuos, eternos. Jamás le pudo contar a otra persona lo que me había dicho a mi, sobre la hierba y las plantas y todos los tonos de verde que existían en el mundo. Nadie quiso mirar las estrellas y enterarse desde donde podías observar a Sagitario en una noche despejada, nadie quizo cantar en una azotea las canciones de David Bowie con tanta emoción y sentimiento. A nadie genuinamente le importó hacer una colecta para salvar a las abejas, porque si estas se morían, el mundo se iba a acabar. Y nunca volvió a tener a alguien que quisiera salir a las 12 de la noche un jueves, sin reproches y sin necesidad de porqués, sin más que las ganas de mirar la ciudad y ver el amanecer porque aquello era algo bonito. Se acordó de mí cuando se lavaba los dientes y había otra chica esperándolo en la cama. Se acordó de mí cuando preparaba sandwiches porque yo detestaba el queso, y yo siempre los pedía sin queso, por lo que él terminó prefiriéndolos así. Se acordaba de mi cuando esa chica, la correcta, lo abrazaba en las mañanas al despertar juntos. Pensaba que no se había divertido tanto como cuando yo estaba muy borracha en ese concierto de The Pixies al final de un festival de música, y le sostenía el cabello a una chica desconocida para que vomitara sin problemas, porque la chica correcta no hacía esas cosas. Ella salía del trabajo y preparaba una cena deliciosa y le contaba como le había ido aquel día, y no tomaba más que una copa de vino tinto y después se iba a dormir. Pero la chica correcta no era yo, y eso fue algo que, incluso cuando la hizo su esposa, siempre lamentó.

Se acordaba de mi
Cuando pensaba en nuestras pláticas de medianoche, pensé que entonces nos tocaba hacerlo mal en esta vida, para hacerlo bien en la próxima. No se si fuimos almas gemelas, sólo sé que nos divertimos mucho y que habíamos sido lo mejor en la vida del otro.

Aunque Nicolás no murió, creo que entendí por primera vez la nostalgia que mi abuela sentía las mañanas de domingo en la cocina, cuando escuchaba las canciones que solía bailar con mi abuelito cuando tenía diecisiete años. Así como ella,  jamás volvía a escuchar la voz de Morrissey sin cierta añoranza, jamás miré el pasto o el cielo de la misma forma. Pensaba: "Hay tantos tonos de verde: aceituna, agua, cinabrio, clorofila, encina, aguacate, almendra, bosque, esmeralda, eucalipto, hierba, hoja, jade, lirio, manzana, mirto, menta, musgo..." hacia esa lista mentalmente mientras fumaba un cigarro y tomaba un insípido café, por costumbre y aburrimiento. Escuchaba en mi mente la voz que me había dicho todos aquellos nombres. Por nada del mundo quería olvidarla. 
Cuando llovía, cuando lavaba los platos, cuando un hombre me invitaba a salir, cuando alguien quería  casarse conmigo.
Yo a Nicolás lo extrañé toda la vida.

Yo lo extrañé toda la vida


10 oct. 2016

Las margaritas mueren después 2

Me miró y me sacó la lengua.
Aquello me hizo reír. La risa era simple y venía fácil.
Aquella mañana había desayunado avena con miel y fresas en la pequeña cocina de mi casa, con vista al patio trasero, en donde mi abuela dejaba crecer amapolas. Como cada domingo, mi abuela ponía la estación de clásicos, y mientras comía cucharadas de miel, la voz de Joe Stratford envolvía la cocina con olor a fresas. Sonaba “You Belong to me”
— Esa canción la bailaba con tu abuelito — decía mientras contemplaba hacía la ventana con añoranza—nos íbamos todas las noches a las fiestas y mi mamá se enojaba… era un buen bailarín. Si te hubiera conocido te hubiera amado… eres igual de seria y chocosa que él.
En aquel entonces no entendía las palabras de mi abuela. Jamás había perdido a nadie y no tenía mucha noción de la muerte. Era un concepto vago, que tan solo flotaba en el aire pero no era tangible.
— ¿Quieres más fresas?
— No — conteste mientras me lamía los labios llenos de miel.
— Entonces ve a cambiarte y prepárate para ya irnos a la iglesia.
Y ahí estaba, otro sermón aburrido. Pero me gustaba jugar en las escaleras de la iglesia una vez que terminaba toda la ceremonia.
Ese día, antes de iniciar la ceremonia mis padre y abuela fueron a saludar al Padre y me dejaron en los asientos, cuando algo me hizo voltear.
Ahí estaba, un niño rubio de mejillas sonrosadas, más bien quemadas, por el sol. Dos dientes delanteros muy grandes y ojos redondos y café.
Llevaba el cabello más largo de lo normal, con un flequillo que le cubría la frente y vestía una camisa blanca que le iba algo grande.
Me causo gracia su irreverencia. Mi madre decía que era de mala educación sacar la lengua.
— Hola — dijo el niño
— Hola
— ¿Cómo te llamas?
—  Dairia
— ¿Daira? ¡Pero que nombre tan raro? Nunca lo había escuchado — enseguida fruncí el ceño. Odiaba que la gente dijera eso siempre que me conocía — Es muy bonito — agregó aquel niño rubio — Suena como de libro o de poesía
Enseguida volví a sonreír. Aquella fue la primera ocasión en que una persona decía algo bonito de mi nombre, o al menos, la primera vez que yo lo noté.
— ¿ Y tú cómo te llamas?
— Me llamo Joel, como mi papá.
Joel. Me gustó su nombre y me gustó Joel. Siempre hacía amigos en la escuela, y era aburrido siempre hablar con las mismas personas. Para mi, hacer un amigo en otro lugar que no fuese el instituto era todo un acontecimiento memorable.
— ¿Y que vas a hacer hoy?
Justo cuando iba a responderle mis padres llegaron y se sentaron junto a mi, ordenándome. que me volteara, pues iniciaría la ceremonia.
En aquella ocasión, cuando nos dábamos la mano en son de paz, voltee para mirar a Joel, pero mis ojos no lo encontraron.
Salude a todos a mi alrededor pero no le
vi a él. ¿En donde estaba?
Aquella aburrida misa terminó y la gente se levantaba a hablar y saludarse.
Corrí hacia patio de la iglesia y lo ví ahí, jugando a la orilla del pozo que había estado ahí desde que la iglesia se había fundado, hacía unos 50 años.
— ¿Qué haces aquí? — dije
— Si hablas hacia el pozo se escucha tu eco — dijo —mira: ¡Oso! — gritó y se escuchó su voz repitiendo la palabra “¡Oso!”
Me encantaban los ecos. Los buscaba en todos lados y cada vez que encontraba uno me emocionaba y lo que más deseaba era gritar palabras y escucharlas sonar por el aire. ¿Cómo sucedía aquello? ¿Por que mi voz se repetía en algunos lugares y en otros no?
— ¡Bruja! — grité y escuche mi voz repitiendo — “¡Bruja!”
Joel se rió
— ¿Bruja? ¿Por qué “bruja”?
— me gustan las brujas
En aquel entonces fantaseaba mucho. Tenía una imaginación llena de ansias por un mundo más divertido. Quería ser una bruja, quería hacer magia y hechizos y posiciones, y tener frascos con bichos y talismanes protectores. Por eso llevaba un collar y jamás me lo quitaba, decía que era un amuleto de la suerte, aunque en realidad lo había comprado en una tienda de chacharas cualquiera
— Eres muy rara — me dijo Joel — Pero me caes bien. No todo el mundo me cae bien.
— Tu también me caes bien.
Nos encontrábamos a los extremos del pozo y yo miré hacia el fondo. Me pregunté qué habría ahí, me pregunté si alguien alguna vez se había caído ahí y si jamás lo habían podido sacar.
— ¿Cuantos años tienes? — le pregunte
— Trece ¿y tú?
— Doce
— Mmm, ya veo. Yo ya voy en primero de secundaria.
— Yo estoy en sexto, pero el próximo año estaré también en secundario
— Bueno, aún así ¿Quieres ser mi amiga? — preguntó
— Sí — dije sin pensarlo mucho.
A los veinticinco años volvería a pensar en aquella mañana de domingo, mientras lloraba porque mi gato había muerto. Por alguna razón que me exasperaba,jamás olvidé ese día. Jamás pude borrar el verde los árboles, ni el calor de mayo, ni los banderines que colgaban afuera de la iglesia, ni el sabor de los pastes rellenos de carne que mi padre compró para que almorzaramos. Recordaba cada detalle, cada peca en la cara de Joel y lo rosado de mis dedos, y que odiaba pensar que al día siguiente debía ir al colegio, que en la noche mi madre cenó café y cocoles, y yo pizza, y que me fui a dormir a mi cuarto de princesa, con sábanas rosas que olían a lavanda. El beso de buenas noches de mamá y una muñeca de plástico me acompañaban en mi sueños.
— Supongo que te veré sólo los domingos.
— No lo sé. Yo siempre vengo, mis padres me traen.
— ¿A que escuela vas?
— Al colegio Benjamín Hill — dijo Joel
— Yo voy en el Villa Rica
Me miró con tristeza, y sentí sus ojos sobre los míos.
Quería pasar la tarde ahí, junto a ese pozo, decir palabras y que el eco las devolviera, hasta que fuera tarde y lloviera y la lluvia mojara mi vestido y se metiera en mis calcetas, para que al caminar mis pies sintieran el agua entre los dedos y yo imaginara que era una sirena que apenas aprendía a caminar.
—¿Pues están algo lejos no? — añadió Joel
Ambas escuelas estaban prácticamente de extremo a extremo de la ciudad
--Supongo que es por eso que jamás nos habíamos visto
--Supongo --contesté-- ¿Tu escuela queda un poco lejos de aquí no? ¿Por qué vas hasta allá?
--A mi padrastro le queda de camino al trabajo -- dijo.
“Padrastro”, hasta entonces jamás había conocido a ningún niño que tuviera uno, y me parecía más una palabra de cuentos que de la vida real.
--¿Y tú? -- preguntó -- tu escuela tampoco está tan cerca, que digamos.
-- No, ya sé… pero a esa escuela han ido mis hermanos mayores, así que ahí voy yo, y supongo que cuando mi hermano menor tenga la edad, también irá.
-- He oído que es un poco dura -- dijo.
--Sí, lo es. -- entonces me detuve a pensar y dije -- Oye, pero si vienes a esta iglesia entonces tu y yo debemos ser vecinos o algo ¿no?
--Sí --dijo despreocupado -- Me lo parece. ¿Sabias que mi nombre es un nombre de la Biblia?
 Sin más, Joel brincó tres escalones de un solo salto y echó a correr: “¡Tengo que irme!” dijo mientras se alejaba. Lo vi correr hacia la acera. No pude distinguir quienes eran sus padres ni que dirección tomaba.
El sol era bastante abrasivo aquél día, recuerdo el calor que se sentía y la temperatura húmeda de la ciudad, a tan solo una hora de la costa. Los árboles, y el viento que se filtraba a través de ellos, refrescaban un poco el ambiente.
 Ahí me encontraba yo, parada en las escaleras de la iglesa, con el cabello engominado y sostenido en dos coletas como a mi madre le gustaba peinarme, con un vestido azul y una blusa blanca debajo, con zapatitos negros como de niña pequeña, el último par que usé antes de entrar a la adolescencia y decidir que aquello ya no me iba. Pero ahí estaba, parada, desconcertada. ¿Quién era Joel? ¿Por qué me había hablado de la nada? ¿Por qué había aparecido de repente en mi vida? Fue la primera vez que me hice esa pregunta. Sentía curiosidad. De repente, quise que otra vez fuera domingo.


5 oct. 2016

Las margaritas mueren después

Hacía pocos días que había muerto Enrique Nuñez, un compañero del trabajo. Había sido un accidente desgraciado. Le habían asaltado en la orilla del malecón, a eso de las tres de la tarde, unos dos o tres tipos. Querían su camioneta, no sabíamos si se opuso o sedió, de cualquier forma, por estos días ya nadie estaba seguro de nadie, y pese a todo, le dispararon. Quedó tendido en la playa, hasta que alguien lo encontró, pero la bala le perforó un pulmón y murió antes de que pudiesen ayudarlo.
Dejó a una niña esperándolo en casa y a su mujer. Era un buen hombre, de vibra ligera y buen carácter. Jamás tomaba, ni se iba de pinta. Quería a su familia y trabaja para ellos. Ambos trabajamos en el departamento de Planeación Ambiental, de una ciudad cada vez más acabada y más abrumada por edificios y emociones de gas, donde el mar se teñía de negro cada que un Ingenio Petrolero sufría un derrame y donde las hermosas especies endémicas estaban en peligro de extinción y sin miras para recuperarse.
El viejo Hotel Margón, alguna vez un imponente edificio que atrajera a los altos funcionarios del Estado, ahora se encontraba descolorido, un amarillo pálido y sucio cubría sus paredes y los rótulos de las ventanas parecían discordantes ante las nuevas cadenas de hoteles que se habían adueñado de la orilla de la playa que antes ni siquiera formaba parte de la ciudad.
“Menú del Día 120 pesos” decía “Pase Ud.”. En ese viejo Hotel mis padres conocieron a Enrique, cuando tenía unos 17 años, tal vez, y trabajaba de mesero como castigo por chocar el automóvil de su padre estando algo borracho, Enrique era el hijo del dueño de una cadena de tiendas importantes por aquél entonces. "Era un niño lindísimo" decía mi madre "Era travieso, como todos los niños de familia, pero después de unos buenos cinturonazos se compuso"
Y en efecto, era alguien que no le hacía daño a nadie y que no merecía morir de la manera en que lo hizo.
Cuando mis padres lo conocieron yo ni siquiera había nacido, y sin embargo, ahora me encontraba en la Iglesia del fraccionamiento donde pasé la infancia y mi adolescencia, y donde toda la sociedad de alcurnia de Miraflores vivía, despidiendo a un hombre con el que había comido de vez en cuando, trabajado y saludado cada mañana en aquél edificio donde nuestras oficinas se encontraban.
El fraccionamiento como quiera, también adolescía, y en unos diez años, calculaba yo, que vivir ahí dejaría de ser tan cómodo como alguna vez había sido. Cada vez más comercios y menos uso de suelo exclusivo para casa habitación. Surgían nuevas opciones, nuevos complejos habitacionales, pero recuerdo lo que mis padres decían: “Esos nuevos fraccionamientos son una porquería, no tienen ni fuentes, ni esculturas, ni jardines ni camellones tan amplios como los que tenemos aquí, y esas casas son muy pequeñas, es para gente que quiere pasar ‘bien’, pero no lo es.”
Vallelindo, como se llamaba el fraccionamiento, veía el ocaso, las grandes casonas poco a poco se iban extinguiendo y se vendían para volverse comercios, el tráfico llegaba a las calles y la gente se mudaba a La Herradura, Monte de Plata, o cualquier otra opción lejos del bullicio citadino.
Pero la iglesia, esa iglesia que tantos domingos había sido centro de reunión, de vida social y porque no, de comidillas de los adultos de una pequeña ciudad (de entonces 10,000 habitantes) aún seguía ahí, y aún seguía siendo la opción que la gente bien elegía para ser feliz en bautizos y bodas o para llorarle a sus queridos difuntos, difuntos que podía pagar un llanto donde el maquillaje que se corría era Lancome, un llanto siempre mejor que el de las viudas que pierden todo cuando pierden al marido, quien no había terminado de pagar la humilde casa de lugares como Las gaviotas o Playa Bonita.
Las viudas de Vallelindo sufrían la ausencia nada más, y después, recibían la herencia, el dinero del seguro, todas las propiedades y el apoyo de los amigos que venían regresando de Londres o España y les ofrecían canastos con comida y flores carísimas, para que sus corazones se consolaran un poco. Sin mencionar el “lo que necesites, tú dinos”; que si llevar a los niños a la escuela, o recomendarme algún buen decorador de interiores para cambiar el tapiz de la casa, pues el antiguo guardaba demasiados recuerdos.
En aquella Iglesia me encontraba yo sentada, con vestido y zapatillas negras, despidiendo a Enrique Nuñez, amado padre y esposo, hombre que mi madre (y hasta mi abuela) conoció cuando ella tenía mi edad y él era un niño, y después, porque aquél era un pueblo pequeño de donde la gente nunca se iba, compañero de trabajo mío.
Cuando salimos de la misa y terminé de saludar a Marilú, su esposa, sentía un horrible vacío en el estómago. Mire el cielo azul, eran finales de septiembre pero estando tan cerca de la costa, todavía teníamos días buenos y soleados. Era un septiembre como todos los septiembres que habían pasado en mi vida, excepto cuando me fui a la Universidad Nacional a estudiar la carrera, los cuales pasaba lejos de Miraflores. Y el cielo era el cielo que siempre había observado, los pájaros parecían los mismos, excepto que muchos habían muerto ya, mientras que yo, aún estaba ahí, envuelta en ese tumulto de llantos y trajes negros, viva, viva, viva.
Recordé los días que pasé en Dinamarca, cuando me fui de intercambio en la universidad. Recordaba el idioma de los daneses, tan lleno de ‘jotas’, ‘erres’ y ‘tés’. Era probablemente la única persona en Miraflores que hablaba danés con fluidez. Recordaba los viajes de fin de semana que hice a Noruega y Suecia, y la semana que fui a Islandia con dos amigos. Recuerdo que tuve sexo en Islandia con un hombre que jamás volví a ver en mi vida, aunque en los días que estuve ahí, me prometió llevarme a París y casarse conmigo. Seguramente yo era la única persona de Miraflores que había tenido sexo en esa puñetera isla que era Islandia. Islandia tan congelada, y nosotros, en Miraflores, muriéndonos de calor cada verano, friendo huevos en el cemento de las calles, como los islandeses jamás sabrían. Los islandeses ni siquiera sabían el nombre de nuestra ciudad, ni la existencia de los miraflorinos, y sin embargo, yo había dejado un poco de mi ahí, un poco de Miraflores se quedó en las sábanas blancas de una casita islandesa.
Entonces, de la nada, como pasa cuando alguien se muere, recordé un evento agradable de mi vida. Lejano, y feliz, que me dejó un dulce sabor en la boca, como a miel con pan, después de haber ocurrido.
En aquella misma iglesia, años atrás, cuando no sabía lo que mi juventud depararía ni la tristeza que poco a poco se acumularía en mi corazón, conocí a Joel. Jamás olvidé su nombre, jamás olvide su cara, su rostro que me vio con el alivio y la alegría de ver a alguien que no veías en años, no olvide que amarillo era el sol ese día, cómo se filtraba por las ventanas de la Iglesia cuando voltee a mirarlo y me dedico una sonrisa, y me sacó la lengua, y me sonrió de nuevo. Ese momento fue una felicidad inocente, e inconsciente. Fue una felicidad breve que no recuperé jamás.




...continuará...

Hey, como ven estoy escribiendo un poco de ficción ahora. Muchas gracias si lo han leído, espero poder subir otro capitulo y terminar esta historia!